El final de curso en el centro materno infantil de Muketuri, en Etiopía, dejó una de esas imágenes que permanecen en la memoria. Los alumnos más pequeños demostraron que la educación no solo transmite conocimientos, sino también valores capaces de transformar una comunidad
La misionera Lourdes Larruy, de la Misión de San Pablo Apóstol (MCSPA), comparte este esperanzador testimonio sobre cómo la inclusión comienza en las aulas y cómo, poco a poco, está cambiando la mirada de toda una comunidad.
«Nuestros 123 alumnos de KG3 nos dieron un ejemplo difícil de olvidar. Con solo seis años, aprovecharon el último día de clase para representar ante toda la comunidad educativa una obra de teatro que contaba la historia de un niño ciego al que no aceptaban en el colegio debido a su discapacidad.
Con esta representación transmitieron a los adultos un mensaje claro: todos los niños, independientemente de sus capacidades o discapacidades, tienen derecho a asistir al colegio, recibir una educación y alcanzar sus sueños. Todos los niños merecen amor, respeto e igualdad de oportunidades.
Hace solo unos años, una escena como esta habría sido impensable en Muketuri. Cuando llegamos, muchos niños con necesidades especiales permanecían escondidos en sus casas, privados de la oportunidad de asistir al colegio y compartir su aprendizaje con otros niños.
Hoy somos testigos de un cambio que nos llena de esperanza. Los niños con necesidades especiales son cada vez más aceptados por la comunidad. Sus familias los llevan al colegio, aprenden junto a sus compañeros y son valorados no por sus limitaciones, sino por sus capacidades y por la dignidad que poseen como personas.
Es una hermosa señal de esperanza y un paso importante hacia una sociedad más inclusiva, donde cada niño es reconocido, valorado y tiene la oportunidad de desarrollar todo su potencial.»
Lourdes Larruy
Misionera de la MCSPA, Muketuri (Etiopía).


